martes, 29 de mayo de 2012
Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina
Uno de los referentes de la literatura actual rusa es Luidmila Petrushévskaia (Rusia, 1938), quien presenta una colección de cuentos titulada Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina acreedor del Premio Mundial de la Fantasía 2010.
Dividido en cuatro secciones: Canción de los eslavos orientales, Alegorías, Réquiem y Cuentos de hadas, esta obra advierte un paseo por los límites de la realidad y la fantasía. La figura de los fantasmas atraviesa de buena forma algunas de las historias, sin embargo no es así en lo general. Toma circunstancias de heroísmo o suspenso como la del rescate, de tal suerte que los fantasmas regresan al mundo terrenal para influir en la fortuna de los que todavía caminamos en este mundo.
En la introducción podemos leer: “su figura de enemiga de toda banalidad y de fantástica habilidad para revelar la crudeza de la existencia humana la mantienen en el gusto del público no sin polémica y detractores: hay quienes no perdonan la descarnada agudeza con la que retrató a los habitantes de un mundo que ha quedado en blanco y negro, así como otros se azoran ante su polifacética actividad artística”.
No comparto del todo lo allí lo escrito por Jorge F. Hernández y menos cuando dice que los cuentos de la rusa son un “túmulo funerario que va del manto de espumas con el que los mares arropan sus ahogados al terror verídico y palpable de saber que hay alguien en casa cuando podríamos jurar que estamos solos”, lo cual es excesiva pirotecnia para quien de por sí ya lleva en sus cuentos parte de ese sello.
Sino porque no todos los cuentos se ciñen a un rigor esperado por alguien que se considera heredera e insignia de la tradición oral para contar historias. Porque el talento desplegado en “Venganza”, el mejor de los cuentos, la sorpresa, la intriga, la inteligencia se nota en el borde de las frases, en el nudo que elabora y en el sentimiento que despierta con el final, es desgarradoramente tierno.
Y resulta pues una figura poco recurrente porque pensamos que lo sabemos todo y cuando menos lo esperamos la autora sorprende con un guiño forjado con la tradición y el trabajo.
Mas por desgracia es sólo allí, quizás en un par más, pero el resto queda a deber, se vuelven pajas de páginas donde los mecanismos llegan a repetirse, y las salidas conocidas, repetitivas. Se esperaba más, quizás a otros no decepcionen sus narraciones, habrá que leer otros títulos de su obra para tener un juicio más profundo.
Luidmila Petrushévskaia, Érase una vez una mujer que quería matar al bebé de su vecina. Atalanta, España, 2011; 247 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ en su edición de esta semana.
lunes, 14 de mayo de 2012
El cuerpo en que nací
Su nombre ya venía sonando constantemente entre las promesas literarias de México, su colección de cuentos Juegos de artificio (1993), pero sobre todo Pétalos y otras historias incómodas (2008) la hicieron objeto de halagadores comentarios, lo cual, sabía la propia autora, era un compromiso con sus siguientes obras.
Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973) dio el salto en medio de esas dos obras a la novela con El huésped (2006), y ahora regresa a esa arena narrativa para presentar El cuerpo en que nací, una obra completa, adictiva, que provoca y contagia.
A través de un largo monólogo la narradora y personaje principal nos cuenta el proceso de su infancia y adolescencia, los variopintos escenarios de sus aventuras, el retrato familiar, las escapadas, el crucifijo de la duda existencial con el que carga y duda sobre si “los comportamientos adquiridos durante la infancia nos acompañan siempre”.
Parte de un problema en un ojo desde niña, y es allí cuando el lector queda a la intemperie, pues sabe que sólo le queda como escapatoria para esa sensación seguir acompañando a la narradora, y lo hace con gusto, pues de a poco, se refleja en lo que de suyo es el concepto de la amistad distante, pues la protagonista y narradora bien puede ser esa niña de figura normal y aspecto tradicional que va en el mismo autobús que nosotros y que pasa tan inadvertida como el cambio de color en un semáforo.
Esa niña para algunos “rara” encontraba en pequeños trozos la felicidad, por ejemplo en las narraciones que compartía en clase y donde colocaba a los compañeros que se llegaban a burlar de ella como protagonistas: “Aquellos relatos eran mi oportunidad de venganza y no podía desperdiciarla”.
Dos figuras son emblemáticas en el desarrollo de la obra, por un lado la Doctora Sazlaski, quien suponemos es su terapeuta, la que escucha, quien no hace preguntas pero las provoca; y la otra es su abuela materna, como las de esa generación que en el momento preciso te retiraban el apoyo cuando más lo necesitabas, o bien daban la cara para defenderte de cualquier mal. Sobresaliente la escena en que la abuela defiende a la nieta con una carta para que pueda jugar en un equipo de futbol donde sólo lo hacían los varones.
El buen sabor de boca que van dejando las páginas es de llamar la atención, pues son resultado de una mezcla que atraviesa por igual los sentidos y los sentimientos: “Al final nos quedaba siempre esa sensación de nostalgia por lo que podíamos haber sido y no hubiéramos llegado a ser, pero era mejor que nada”, y tal vez con eso muchos se sientan salvados.
Todos los personajes que se dan cita en la trama tienen su peso justo, Lucas su hermano, sabe el momento en que debe salir a escena, como en ese viaje a Sonora, donde en un campamento simulado todos son parte de la misma familia, o como Ximena, la única con la que se identifica la narradora pues “dejó una impresión muy profunda en mi historia”, Ximena termina con su vida en un suicidio, nos enteramos páginas después.
Volvemos a ella en forma de recuerdo en un viaje a Sudamérica de la protagonista más adulta, y en la tierra natal de la familia de Ximena, adonde encuentra un cuadro pintada por la exvecina y cómplice que a su vez es una de las muchas respuestas a los diferentes por qué que se plantea la narradora.
La lucha contra ella misma es el inicio, el constante respirar intranquilo por la persecución de no saber qué sigue. Lo cierto es que en el monólogo disfrazado de entrevista sin preguntas, la protagonista nos lleva por diversos sitios, incluido su estancia en Francia.
Un estilo más cosmopolita, con pasajes que vislumbran lo que le dará más contorno a su forma de pensar, como esa aventura que le robó su amiga Sophie, aventura que le tocaba a la narradora vivir con un hombre pero que no fue.
Mención aparte, guiño de satisfacción es cuando la protagonista en su monólogo confiesa, en un recuerdo que conlleva enervantes, que está escribiendo una novela sobre su infancia, todo hace indicar que son las señas particulares que Nettel deja a manera de rastros de identidad.
Pero de pronto el viaje nos lleva a las visitas que le hacía a su padre al Reclusorio Norte, a donde fue a dar luego de delitos de cuello blanco. Su padre, es una figura que si bien no pesa como tal en el recuerdo, sí impulsa muchos de los cambios en la escenografía.
La última parte es la más cercana a la actualidad, ya nos menciona a su hijo, de diez meses de nacido, ya nos habla de un pasado más inmediato, ya nos obliga Guadalupe Nettel a hacer un ejercicio similar, a pensar si el pasado nos afectó y nos afecta en las actividades que realizamos de manera cotidiana hoy en día.
La confesión a manera de grito de salvación llega en la conclusión: “después de un largo periplo me decidí a habitar el cuerpo en que había nacido, con todas sus particularidades”, para no dejar espacio a la duda: “El cuerpo en que nacimos no es el mismo en el que dejamos el mundo”.
De tal forma que El cuerpo en que nací se posiciona como una de las mejores novelas recientes, pero también como una muestra del trabajo de una generación donde sobresale su autora Guadalupe Nettel, pues además de provocativa, esta obra se vuelve entrañable, como la narradora, como la narración. Un libro completo, se sostiene en la lectura y se aprecia en la relectura.
Guadalupe Nettel, El cuerpo en que nací. Anagrama, México, 2011; 196 pp
Texto aparecido en la revista Siempre¡ del domingo 13 de mayo 2012
lunes, 16 de abril de 2012
El verdadero precio de leer
La función del libro no queda sólo en esa primera lectura sino que va más allá, nos acompañará a lo largo de nuestras vidas y podremos recurrir a él cada que queramos, siempre nos será útil, si se le sabe aprovechar.
La charla fue así: “A ver, el fin de semana le compramos un libro a mi hija que va en tercero de primaria, pagamos 150 pesos, lo leyó esa misma tarde, pero ¿y luego?, ¿qué más se puede hacer con él?”, la voz pertenece a una joven madre, entre los treinta y 35 años, que como muchas seguramente se debaten en las cuestiones del gasto familiar para poder complacer lo más posible a los integrantes de la familia sin desfalcar o dejar que el agua llegue hasta el cuello a fin de mes.
Hoy en día es un hecho, y quien no lo quiera entender así estará probablemente en un error, que el libro compite con productos del entretenimiento: televisión, juguetes, cine, videojuegos. El costo es similar, pero quizá lo que nos haga falta para cerrar la brecha es hacer extensivo que el verdadero valor y placer de un libro no se ubica solamente en la inmediatez de su lectura.
Una película llega a más gente, se puede platicar en la escuela o en la oficina sobre su trama, sobre sus héroes, y se disfruta más la charla en medida que los demás la hayan visto. Se presume que el esfuerzo es menos complicado que la lectura, dos horas en una sala oscura disfrutando palomitas y refresco, o quienes lo prefieren en la comodidad de la sala con un DVD o Blu-Ray. Y para quienes en esa charla se sienten fuera de lugar por no haberla visto, tienen opciones para formar parte del ritual, ya se sabe lo que hay que hacer.
Esto tal vez con una lectura no se da igual. Complicado parecería intercambiar puntos de vista sobre un libro que pocos han leído, pero quizá la clave radica no ya en contar exactamente la trama del libro, ni la de la película, ni la de la obra de teatro, ni la de la serie de televisión, sino en los contenidos, en los valores que expresa, en la manera de ver la vida y las circunstancias; y eso, por supuesto, sin necesidad de que todos hayan visto la película, escuchado la canción, jugado en el Play-Station o leído el libro, lo podemos hacer.
Es allí entonces cuando los 150 pesos que costó el libro cobran un valor diferente, se entiende que un juguete o videojuego, con la magia de la repetición hacen que el reto se convierta en una adicción en quien lo utiliza. Pero también puede ser un reto el completar la lectura de un libro, y todavía más el comprenderlo y compartirlo de alguna forma.
El placer y el valor de la lectura de una obra se lleva por siempre, se puede recurrir a él en cualquier momento, no nada más para la cita académica, para el cumplimiento de una labor escolar, sino para un uso práctico, cotidiano. Es un ingrediente más en la suma de experiencias que se acumulan en la mente del individuo.
La relectura da un placer diferente también. Ni el libro es el mismo ni quien lo vuelve a leer es el que lo leyó la primera vez, ahora el lector ha acumulado un nuevo conjunto de elementos en su mente y comprenderá de manera diferente su contenido. Igual sucede con una película y el placer de volverla a ver, quizá no pase lo mismo con un videojuego, tal vez la moda ya haya pasado o fue desplazado por una versión nueva.
De tal suerte que la función del libro no queda sólo en esa primera lectura sino que va más allá, nos acompañará a lo largo de nuestras vidas y podremos recurrir a él cada que queramos, siempre nos será útil, si se le sabe aprovechar. ®
Texto aparecido en la Revista Replicante en su edición de abril 2012.
La charla fue así: “A ver, el fin de semana le compramos un libro a mi hija que va en tercero de primaria, pagamos 150 pesos, lo leyó esa misma tarde, pero ¿y luego?, ¿qué más se puede hacer con él?”, la voz pertenece a una joven madre, entre los treinta y 35 años, que como muchas seguramente se debaten en las cuestiones del gasto familiar para poder complacer lo más posible a los integrantes de la familia sin desfalcar o dejar que el agua llegue hasta el cuello a fin de mes.
Hoy en día es un hecho, y quien no lo quiera entender así estará probablemente en un error, que el libro compite con productos del entretenimiento: televisión, juguetes, cine, videojuegos. El costo es similar, pero quizá lo que nos haga falta para cerrar la brecha es hacer extensivo que el verdadero valor y placer de un libro no se ubica solamente en la inmediatez de su lectura.
Una película llega a más gente, se puede platicar en la escuela o en la oficina sobre su trama, sobre sus héroes, y se disfruta más la charla en medida que los demás la hayan visto. Se presume que el esfuerzo es menos complicado que la lectura, dos horas en una sala oscura disfrutando palomitas y refresco, o quienes lo prefieren en la comodidad de la sala con un DVD o Blu-Ray. Y para quienes en esa charla se sienten fuera de lugar por no haberla visto, tienen opciones para formar parte del ritual, ya se sabe lo que hay que hacer.
Esto tal vez con una lectura no se da igual. Complicado parecería intercambiar puntos de vista sobre un libro que pocos han leído, pero quizá la clave radica no ya en contar exactamente la trama del libro, ni la de la película, ni la de la obra de teatro, ni la de la serie de televisión, sino en los contenidos, en los valores que expresa, en la manera de ver la vida y las circunstancias; y eso, por supuesto, sin necesidad de que todos hayan visto la película, escuchado la canción, jugado en el Play-Station o leído el libro, lo podemos hacer.
Es allí entonces cuando los 150 pesos que costó el libro cobran un valor diferente, se entiende que un juguete o videojuego, con la magia de la repetición hacen que el reto se convierta en una adicción en quien lo utiliza. Pero también puede ser un reto el completar la lectura de un libro, y todavía más el comprenderlo y compartirlo de alguna forma.
El placer y el valor de la lectura de una obra se lleva por siempre, se puede recurrir a él en cualquier momento, no nada más para la cita académica, para el cumplimiento de una labor escolar, sino para un uso práctico, cotidiano. Es un ingrediente más en la suma de experiencias que se acumulan en la mente del individuo.
La relectura da un placer diferente también. Ni el libro es el mismo ni quien lo vuelve a leer es el que lo leyó la primera vez, ahora el lector ha acumulado un nuevo conjunto de elementos en su mente y comprenderá de manera diferente su contenido. Igual sucede con una película y el placer de volverla a ver, quizá no pase lo mismo con un videojuego, tal vez la moda ya haya pasado o fue desplazado por una versión nueva.
De tal suerte que la función del libro no queda sólo en esa primera lectura sino que va más allá, nos acompañará a lo largo de nuestras vidas y podremos recurrir a él cada que queramos, siempre nos será útil, si se le sabe aprovechar. ®
Texto aparecido en la Revista Replicante en su edición de abril 2012.
sábado, 14 de abril de 2012
El mal de origen
Lector que olfatea, escritor que se recarga en el ensayo para darle vuelo a la imaginación, narrador de una realidad que a veces parece rebasa la verdad, así es Sergio González Rodríguez, hombre de letras cual periodista nato, su libro Huesos en el desierto lo posicionó como referencia en el tema de las muertas de Juárez y su leída columna en el suplemento El Ángel del periódico Reforma confirma cada semana el pulso de la literatura nacional y extranjera.
Esta vez traspasa el mostrador para en 31 textos breves, interpretar un escenario disímbolo por naturaleza: la ciudad, y elegir de ella los elementos que a su parecer en la modernidad deben ser debatidos, retomados, incluso refrescados para su nueva maduración.
Con el volumen El mal de origen. Ensayo de metapolítica, el también autor de El hombre sin cabeza llega literalmente hasta las azoteas, pues ubica desde allí un espacio de definición terrenal. Y es que a su parecer, como el de muchos, “Una azotea deja en las noches al menos el susurro, la confidencia, los aromas del guiso entrañable bajo el brillo opaco de las estrellas”.
Ese elemento, también descrito como observatorio de arrabal o de suburbio, es inherente a la metrópoli definida como el territorio de las imperfecciones, pues a final de cuentas “la mejor forma de imaginar una ciudad es haber vivido en una a plenitud”.
La brevedad de los textos ayuda al ritmo, sin duda el galope de las afirmaciones necesita un espacio para el respiro, el autor exige, pues toma como referencia el marco de la distracción en el que hoy en día nos desenvolvemos.
En las páginas de esta obra conviven muchas respuestas pero a veces las preguntas se olvidan. Como en la vida misma se presenta el constante cambio en el empleo, en las relaciones de pareja, en las aficiones, se refleja de igual forma en los pensamientos que deberían ser más profundos, como los valores por ejemplo.
Quienes conocen la pluma de González Rodríguez podrán notar con mayor precisión, cómo de manera natural, quizá por el texto número diez el autor deja lucir de mejor forma su conocimiento literario, sus lecturas y relecturas, donde sus análisis y referencias literarias hallan acomodo.
Siempre pendiente del contexto que se da del otro lado de la ventana, allí donde el desempeño de algunos sólo alcanza para la vaguedad, para el señuelo, para lo bajo. Hace público que los chismes “de mayor interés son los que bordan sobre los amores. En el ámbito de la política, los chismes más exitosos tienen que ver con el riesgo criminal: enriquecimientos ilícitos, negocios fraudulentos, nepotismo, asociaciones delictuosas. Cuando se juntan ambos, se fabrica una bomba. El que es primero en el tiempo, es primero en el chisme: un chisme que no se cuenta como primicia, se vuelve noticia o se evapora”.
La prisa por la exclusividad de lo efímero, de la fama inmediata, del reconocimiento con pocos méritos, exigencia que debe erradicarse de diversos campos de convivencia humana. Quizás al terminar de leer El mal de origen quede la sensación de haber tenido en las manos un libro diferente y diverso, original y vertiginoso, con rigor y con mensaje, y se transmita ese sabor que queda como elemento que acompaña a las soledades.
Es de sensaciones el libro también, se pueden dar esos ruidos como los de la noche por encima del techo, o la imagen de quien levanta la mano en el salón de clase y nunca le dan la palabra, o de esa pareja que se besa a lo lejos y quien los mira se muerde el labio inferior pues sabe que todo puede ser mejor, y que la realidad es diferente por designio.
Sergio González Rodríguez, El mal de origen. Ensayo de metapolítica, Libros Magenta, México, 2011; 171 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 15 de abril de 2012.
Esta vez traspasa el mostrador para en 31 textos breves, interpretar un escenario disímbolo por naturaleza: la ciudad, y elegir de ella los elementos que a su parecer en la modernidad deben ser debatidos, retomados, incluso refrescados para su nueva maduración.
Con el volumen El mal de origen. Ensayo de metapolítica, el también autor de El hombre sin cabeza llega literalmente hasta las azoteas, pues ubica desde allí un espacio de definición terrenal. Y es que a su parecer, como el de muchos, “Una azotea deja en las noches al menos el susurro, la confidencia, los aromas del guiso entrañable bajo el brillo opaco de las estrellas”.
Ese elemento, también descrito como observatorio de arrabal o de suburbio, es inherente a la metrópoli definida como el territorio de las imperfecciones, pues a final de cuentas “la mejor forma de imaginar una ciudad es haber vivido en una a plenitud”.
La brevedad de los textos ayuda al ritmo, sin duda el galope de las afirmaciones necesita un espacio para el respiro, el autor exige, pues toma como referencia el marco de la distracción en el que hoy en día nos desenvolvemos.
En las páginas de esta obra conviven muchas respuestas pero a veces las preguntas se olvidan. Como en la vida misma se presenta el constante cambio en el empleo, en las relaciones de pareja, en las aficiones, se refleja de igual forma en los pensamientos que deberían ser más profundos, como los valores por ejemplo.
Quienes conocen la pluma de González Rodríguez podrán notar con mayor precisión, cómo de manera natural, quizá por el texto número diez el autor deja lucir de mejor forma su conocimiento literario, sus lecturas y relecturas, donde sus análisis y referencias literarias hallan acomodo.
Siempre pendiente del contexto que se da del otro lado de la ventana, allí donde el desempeño de algunos sólo alcanza para la vaguedad, para el señuelo, para lo bajo. Hace público que los chismes “de mayor interés son los que bordan sobre los amores. En el ámbito de la política, los chismes más exitosos tienen que ver con el riesgo criminal: enriquecimientos ilícitos, negocios fraudulentos, nepotismo, asociaciones delictuosas. Cuando se juntan ambos, se fabrica una bomba. El que es primero en el tiempo, es primero en el chisme: un chisme que no se cuenta como primicia, se vuelve noticia o se evapora”.
La prisa por la exclusividad de lo efímero, de la fama inmediata, del reconocimiento con pocos méritos, exigencia que debe erradicarse de diversos campos de convivencia humana. Quizás al terminar de leer El mal de origen quede la sensación de haber tenido en las manos un libro diferente y diverso, original y vertiginoso, con rigor y con mensaje, y se transmita ese sabor que queda como elemento que acompaña a las soledades.
Es de sensaciones el libro también, se pueden dar esos ruidos como los de la noche por encima del techo, o la imagen de quien levanta la mano en el salón de clase y nunca le dan la palabra, o de esa pareja que se besa a lo lejos y quien los mira se muerde el labio inferior pues sabe que todo puede ser mejor, y que la realidad es diferente por designio.
Sergio González Rodríguez, El mal de origen. Ensayo de metapolítica, Libros Magenta, México, 2011; 171 pp.
Texto aparecido en la Revista Siempre¡ del domingo 15 de abril de 2012.
domingo, 1 de abril de 2012
El vigilante del fiordo
Nacido en San Sebastián, en el País Vasco de España, donde el concepto del grupo armado eta es más que una constante amenaza, Fernando Aramburu ha sabido desde siempre navegar con una prosa fuerte, directa, con sentimiento de confianza. Los peces de la amargura es una muestra clara de su trabajo como cuentista y ahora con El vigilante del fiordo, colección de ocho cuentos, renueva su compromiso con esas buenas formas de narrar.
El dolor se siente, pero sobre todo es la percepción de los nervios, del pasado que transmite una quemadura que más bien parece una cicatriz de cuerpo entero, es eso lo que lleva a su personaje del cuento que da vida al libro a la locura, al recuerdo constante en el sueño para cumplir su cometido, porque de lo contrario el grupo terrorista para el cual trabaja le cobrará cara la factura.
Aramburu describe a las víctimas de los atentados como sus personajes, no siempre es el que recibe el ataque de manera frontal, en ocasiones toma a la familia cercana, a los amigos, y desde diferentes ópticas logra contarnos esas historias que hay alrededor de la desgracia.
En sus párrafos se sienten esa aceleración en el pulso, la identificación de un signo que rememora el miedo, el temblor en esa otra orilla, a tal grado que el también autor de Fuegos con limones llega a crear un personaje que nos narra su propio entierro.
La locura es un signo de comportamiento en estos cuentos, pero la locura direccionada por un recuerdo vivo, transparente a fuerza de golpes; sin necesidad de decir que hay un fantasma, los espectros recorren las páginas, o peor aún los sueños y las realidades de los personajes, el escenario es propicio para la remembranza, esa es la magia y la fuerza de los cuentos de Fernando Aramburu.
Sin duda El vigilante del fiordo es en primera instancia un recuerdo de las víctimas de actos terroristas, pero la desgracia puede venir desde cualquier flanco y allí es donde estos cuentos cobran una vida especial, un empuje y una fuerza digna de ser leídas.
Fernando Aramburu, El vigilante del fiordo. Tusquets Editores, México, 2011; 184 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ en su edición del domingo 1 de abril de 2012.
El dolor se siente, pero sobre todo es la percepción de los nervios, del pasado que transmite una quemadura que más bien parece una cicatriz de cuerpo entero, es eso lo que lleva a su personaje del cuento que da vida al libro a la locura, al recuerdo constante en el sueño para cumplir su cometido, porque de lo contrario el grupo terrorista para el cual trabaja le cobrará cara la factura.
Aramburu describe a las víctimas de los atentados como sus personajes, no siempre es el que recibe el ataque de manera frontal, en ocasiones toma a la familia cercana, a los amigos, y desde diferentes ópticas logra contarnos esas historias que hay alrededor de la desgracia.
En sus párrafos se sienten esa aceleración en el pulso, la identificación de un signo que rememora el miedo, el temblor en esa otra orilla, a tal grado que el también autor de Fuegos con limones llega a crear un personaje que nos narra su propio entierro.
La locura es un signo de comportamiento en estos cuentos, pero la locura direccionada por un recuerdo vivo, transparente a fuerza de golpes; sin necesidad de decir que hay un fantasma, los espectros recorren las páginas, o peor aún los sueños y las realidades de los personajes, el escenario es propicio para la remembranza, esa es la magia y la fuerza de los cuentos de Fernando Aramburu.
Sin duda El vigilante del fiordo es en primera instancia un recuerdo de las víctimas de actos terroristas, pero la desgracia puede venir desde cualquier flanco y allí es donde estos cuentos cobran una vida especial, un empuje y una fuerza digna de ser leídas.
Fernando Aramburu, El vigilante del fiordo. Tusquets Editores, México, 2011; 184 pp.
Texto aparecido en la revista Siempre¡ en su edición del domingo 1 de abril de 2012.
La nostalgia del Atari y los GI Joe
Tenía 23 años, estaba por salir de la universidad y ya me preguntaba qué hacer con mis juguetes y los gadgets de mi infancia y adolescencia. Sí, esos mismos que teníamos la mayoría de los que vimos en los años ochenta el avance tecnológico y el entretenimiento que personificaban el Atari, el walkman, la colección de G.I. Joe o los PlayMobil (imagino que en el caso de las chicas eran las Barbies), así como las revistas de superhéroes, por citar los ejemplos más comunes.
En la secundaria mis mejores amigos iban a casa y ponían sus casetes con música que luego supe se llamaba rock urbano (como hasta la fecha), y conocí a esos grupos con nombres mezclados y canciones que repiten un estribillo que a la fecha escucho y, sin proponérmelo, acabo tarareando.
Les ponían una etiqueta con el nombre del grupo o las canciones que incluían, y ese mismo lo llevaban y traían cada día, por supuesto que variaban, algunos me los regalaron, otros los fui adquiriendo. Juntos dimos el salto a los discos compactos, y de nueva cuenta el rito del estuche con el nombre para identificarlo. Hasta allí todo bien.
La nostalgia vino después.
Una llamada puede cambiarlo todo. Esa plática tan breve y tan temida por muchos. Ya lo había escuchado en algunas charlas de bares y de otros colegas un poco mayores que yo, pero como todos, pensé que “a mí no me pasaría”.
Sin embargó, me sucedió. La voz de mi madre lo dijo todo: “necesito que desocupes unas cajas de la casa”. Luego de las preguntas y saludos de rutina colgó y el eco en el celular permaneció.
Fui a casa, no sé si otros integrantes de mi generación estaban preparados para tales circunstancias pero yo al menos no. Abrí las cajas polvosas y por supuesto que miré con cuidado y cierto romanticismo su contenido, a esas alturas lo de menos eran esos estuches al igual que la música que resguardaban cual centinelas esos casetes y CD’s. Más allá de los ritmos y sus recuerdos es una parte de la historia propia la que allí se almacena.
Todo cabe en un usb
Ahora, en la era digital, todo cabe en una usb sabiéndolo acomodar. Los gustos musicales fueron variando, como otras actividades, y la misma caja me lo hizo saber. Saqué el viejo Atari, que siendo francos quien más lo disfrutó fue mi hermano, así como el Nintendo, pensé que en alguna vida nos encontraríamos a Pacman o a Mario Bros. (aunque mil veces hubiera preferido encontrarme con Chun-Li, la de Street Fighter II, sobre todo cuando le hicieron su película y la protagonizó Kristin Kreuk, a quien se pudo ver también en la serie de televisión Smallville).
Y justo como en escena de Toy Story ahora debo dejar libre este espacio. Pienso que la basura no debe ser el mejor destino para el vetusto walkman que tanto le pedí a mi papá me comprara y que ahora no vale mucho pues no llega a antigüedad. Sin embargo dudo que alguien lo quiera y seguro que donde ahora vivo irá a otra caja.
Inevitable recordar que en la preparatoria los gustos musicales y mis nuevos amigos me llevaron a escuchar música pop y en inglés, esa que cantas sin saber lo que dice, que pronuncias mal pero a todo volumen nadie lo percibe, que le regalaba a las compañeras para quedar bien y ellas escuchaban ya en un Discman.
En la Universidad los ritmos musicales de nueva cuenta cambiaron, igual que los gadgets. En esa época tuve mi primera computadora, y adquirí mis primeros libros. Era más sonoro que visual. Hablando de gadgets, recuerdo que una vez llevé un balero a la Facultad y fue la sensación, organizamos un torneo que terminó pasadas las once de la noche, para algunos fue toda una novedad, nunca habían visto uno, para otros fue confirmar que la madera sigue siendo un elemento digno del entretenimiento.
Pero todo esto viene a colación por la caja que debo llevarme de la casa de mis papás y no sé qué hacer con ella. Dónde poner tantos casetes, tantos CD’s, algunos que sinceramente ya no quiero tener. Quizá deba pertenecer (aunque creo que me tocará fundar y eso complica un poco la agenda) una tribu urbana que se identifique por esta característica u ocupación de vaciar cajas añejas.
Hace poco mi mejor amigo puso en su face que quería deshacerse de su colección de figuras de StarWars, imposible no identificarme (por la acción, la película nunca fue mi favorita y me generó algunas diferencias con amistades sinceras). Ello en el marco de su reciente mudanza, ahora él vivirá con su esposa, aun sin hijos, dando el paso de un departamento a una casa, razón suficiente para que no lleguen todos los elementos de la historia pasada. Digamos pues, otra caja que vaciar y otra nostalgia que añorar.
Quizá no ser el único en esa circunstancia ayude a la decisión, pero es sincera mi preocupación, desconozco dónde poner lo que hay en la caja, pues a final de cuentas, apelando a la tolerancia, a la diversidad, y la mera verdad, ya no quiero llevar todo conmigo. Que comiencen nuevos recuerdos y otras músicas.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS Milenio el jueves 29 de marzo de 2012
En la secundaria mis mejores amigos iban a casa y ponían sus casetes con música que luego supe se llamaba rock urbano (como hasta la fecha), y conocí a esos grupos con nombres mezclados y canciones que repiten un estribillo que a la fecha escucho y, sin proponérmelo, acabo tarareando.
Les ponían una etiqueta con el nombre del grupo o las canciones que incluían, y ese mismo lo llevaban y traían cada día, por supuesto que variaban, algunos me los regalaron, otros los fui adquiriendo. Juntos dimos el salto a los discos compactos, y de nueva cuenta el rito del estuche con el nombre para identificarlo. Hasta allí todo bien.
La nostalgia vino después.
Una llamada puede cambiarlo todo. Esa plática tan breve y tan temida por muchos. Ya lo había escuchado en algunas charlas de bares y de otros colegas un poco mayores que yo, pero como todos, pensé que “a mí no me pasaría”.
Sin embargó, me sucedió. La voz de mi madre lo dijo todo: “necesito que desocupes unas cajas de la casa”. Luego de las preguntas y saludos de rutina colgó y el eco en el celular permaneció.
Fui a casa, no sé si otros integrantes de mi generación estaban preparados para tales circunstancias pero yo al menos no. Abrí las cajas polvosas y por supuesto que miré con cuidado y cierto romanticismo su contenido, a esas alturas lo de menos eran esos estuches al igual que la música que resguardaban cual centinelas esos casetes y CD’s. Más allá de los ritmos y sus recuerdos es una parte de la historia propia la que allí se almacena.
Todo cabe en un usb
Ahora, en la era digital, todo cabe en una usb sabiéndolo acomodar. Los gustos musicales fueron variando, como otras actividades, y la misma caja me lo hizo saber. Saqué el viejo Atari, que siendo francos quien más lo disfrutó fue mi hermano, así como el Nintendo, pensé que en alguna vida nos encontraríamos a Pacman o a Mario Bros. (aunque mil veces hubiera preferido encontrarme con Chun-Li, la de Street Fighter II, sobre todo cuando le hicieron su película y la protagonizó Kristin Kreuk, a quien se pudo ver también en la serie de televisión Smallville).
Y justo como en escena de Toy Story ahora debo dejar libre este espacio. Pienso que la basura no debe ser el mejor destino para el vetusto walkman que tanto le pedí a mi papá me comprara y que ahora no vale mucho pues no llega a antigüedad. Sin embargo dudo que alguien lo quiera y seguro que donde ahora vivo irá a otra caja.
Inevitable recordar que en la preparatoria los gustos musicales y mis nuevos amigos me llevaron a escuchar música pop y en inglés, esa que cantas sin saber lo que dice, que pronuncias mal pero a todo volumen nadie lo percibe, que le regalaba a las compañeras para quedar bien y ellas escuchaban ya en un Discman.
En la Universidad los ritmos musicales de nueva cuenta cambiaron, igual que los gadgets. En esa época tuve mi primera computadora, y adquirí mis primeros libros. Era más sonoro que visual. Hablando de gadgets, recuerdo que una vez llevé un balero a la Facultad y fue la sensación, organizamos un torneo que terminó pasadas las once de la noche, para algunos fue toda una novedad, nunca habían visto uno, para otros fue confirmar que la madera sigue siendo un elemento digno del entretenimiento.
Pero todo esto viene a colación por la caja que debo llevarme de la casa de mis papás y no sé qué hacer con ella. Dónde poner tantos casetes, tantos CD’s, algunos que sinceramente ya no quiero tener. Quizá deba pertenecer (aunque creo que me tocará fundar y eso complica un poco la agenda) una tribu urbana que se identifique por esta característica u ocupación de vaciar cajas añejas.
Hace poco mi mejor amigo puso en su face que quería deshacerse de su colección de figuras de StarWars, imposible no identificarme (por la acción, la película nunca fue mi favorita y me generó algunas diferencias con amistades sinceras). Ello en el marco de su reciente mudanza, ahora él vivirá con su esposa, aun sin hijos, dando el paso de un departamento a una casa, razón suficiente para que no lleguen todos los elementos de la historia pasada. Digamos pues, otra caja que vaciar y otra nostalgia que añorar.
Quizá no ser el único en esa circunstancia ayude a la decisión, pero es sincera mi preocupación, desconozco dónde poner lo que hay en la caja, pues a final de cuentas, apelando a la tolerancia, a la diversidad, y la mera verdad, ya no quiero llevar todo conmigo. Que comiencen nuevos recuerdos y otras músicas.
Texto aparecido en el suplemento CAMPUS Milenio el jueves 29 de marzo de 2012
jueves, 23 de febrero de 2012
Reflexiones de Alfonso Nieto sobre cómo son los estudiantes*
Las nuevas tecnologías han hecho que el comportamiento de los jóvenes estudiantes universitarios tenga modificaciones con respecto a las generaciones pasadas. Según Alfonso Nieto, exrector de la Universidad de Navarra, “los jóvenes acceden a la universidad con una preparación que difiere bastante con aquellos que accedían hace diez años; en ese sentido, hoy ingresan con conocimientos superiores en cuanto al conocimiento de técnicas o de herramientas que permitan una mejor comprensión de lo que es la comunicación en el mundo”.
Se refiere concretamente a mayores conocimientos de informática y de idiomas, dos herramientas fundamentales en el ámbito de la comunicación. Sin embargo acota: “Me parece que en el uso del lenguaje en el uso de la escritura y de la capacidad de expresión verbal, la preparación es inferior, porque hoy el estudiante –a lo largo de sus estudios previos- escucha más que ve, y ve más que lee. Hoy se lee poco, se ve bastante y se escucha mucho”.
Cierto es que a la radio, la televisión y la prensa –los medios tradicionales de comunicación- se han sumado algunos soportes en los que la inteligencia opera de una manera distinta que un medio tradicional de información: “opera sobre la base del entretenimiento. Me parece que internet o los juegos en línea están cumpliendo un papel de educación de la mente muy concreto. No digo que sea buena o mala esa educación, porque educar se puede bien o mal educar, pero para el ámbito de la información no necesariamente es la mejor preparación”.
Sin embargo el mayor problema lo ubica en que las instituciones de educación superior deben “preparar a la gente para que sepa comunicar, y comunicar es la capacidad de expresarse, y uno se expresa por escrito o por palabra, o se expresa por imágenes. Pero el fluir de la comunicación me parece que hoy va en otra línea: por la línea de los contenidos”.
La razón por la cual los estudiantes llegan con esa diferencia a las aulas universitarias es el mercado. “El mercado de la comunicación hoy es en un 80% de entretenimiento y juego, el concepto de juego que va vinculado a la niñez, a la juventud y a las personas adultas. Juegan porque jugar es una manera de proporcionar alegría a la vida, un juego triste no es un juego. La distracción actualmente supone un empeño más de la inteligencia y sobre todo una mayor rapidez de las decisiones, y eso es lo peligroso: hoy vivimos en la educación con un tiempo acelerado”.
Aunque en el fondo se percibe que esto va más allá del juego como tal –ya sea real o virtual-, incluso del entretenimiento mismo, lo que hay que analizar ahora es “la batalla por la autonomía de la inteligencia, la cual es mucho más dura que hace años. Hoy la inteligencia de un estudiante, de un profesor o de cualquier persona está acosada por ofertas, por requerimientos de tiempo con una frecuencia que antes no había”.
Para Alfonso Nieto, “la vida de la inteligencia no es arar un campo, sino profundizar un pozo, esa es la vida de la inteligencia para que tenga autonomía, para que esté afincado y tenga buenos fundamentos, lo otro es superficie”. Además, es importante señalar que actualmente se está acelerando la inteligencia de los individuos, y pareciera que se hace más dependiente de lo que otros dicen, salvo en espacios muy pequeños en las que el mismo individuo se especializa, como lo es en el ámbito profesional.
La existencia de un videojuego de nombre Warcraft en el cual participan siete millones de personas en el mundo, si bien no a la vez, pero sí en el mismo juego, es una clara muestra de una concentración de tiempo que antes no existía. “Se está acelerando el tiempo porque la oferta de productos que demandan tiempo cada vez es mayor. La publicidad o los programas de televisión o los videojuegos buscan audiencia, y frente a eso hay una resistencia natural”.
El valor del tiempo
Pareciera por momentos que mientras más herramientas de comunicación existen más se deshumaniza la comunicación. Ante esto, el exrector argumenta que “si uno pierde autonomía, se deshumaniza la comunicación. Si yo sirvo a la tecnología y la tecnología no me sirve a mí… Para eso está la universidad, para que uno use el tiempo y no el tiempo lo use a uno. Está para que yo no tenga que cambiar de modelo cada vez que sale un modelo”.
Comparte una anécdota que viene al caso: “Luego de seis años cambié de teléfono celular porque me di cuenta de que entre él y la palm tenía que viajar con siete instrumentos: cargador, adaptador… Porque son de hace seis o siete años y hoy todo eso ya viene en un solo aparato y con un solo cable. Ofertas de teléfonos hay todos los días, y uno compra, pero ya hay uno nuevo. Ahí está la resistencia, la autonomía del pensamiento. Que yo intente dominar a la oferta que me hacen. Vivimos en una economía de oferta, y cada uno tiene que pensar que tiene que vivir en una economía de demanda: yo pido lo que necesito, no necesito lo que me dan. Lo publicistas muchas veces dicen voy a hacer que esta cabeza se convenza de que necesita esto. Y allí está la lucha, una lucha de la inteligencia”.
Cómo aprovechan el tiempo los jóvenes… “Para los que quieren por ejemplo el deporte, que es muy bueno, o las que se dedican a jugar, a la música, lo que resulta difícil es meter a la cabeza que el poder de los medios está en el poder de las personas que ofertan tiempo, que si yo no oferto tiempo para leer ese periódico no se lee, en cuanto a mí se refiere claro, entonces el valor del tiempo sólo se valora en medida de que uno no lo tiene para hacer algo que debe hacer, no para hacer algo que le guste que para eso siempre tiene tiempo”.
Con esto, bien se puede calificar el tiempo como un bien escaso, “lo más escaso que hay, ya por naturaleza el tiempo es un bien incierto, uno no sabe cuánto tiempo va a vivir, es un bien que siempre mira al pasado, y que desde el presente para el futuro tiene la maravilla de saber gozar cada segundo, pero claro, dejar pasar el tiempo es matarlo poco a poco, es dilapidarlo, malgastarlo, con el tiempo no hay que jugar al gasto, hay que jugar a la inversión. Y lo peor son aquellas personas que se quejan de que no tienen tiempo, y viven aceleradas, porque además de todo atropellan el tiempo ajeno”.
*Publicada en la revista “Nuestro Tiempo” de la Universidad de Navarra #629, noviembre 2006.
rafaelvargaspasaye@gmail.com
@rvargaspasaye
Se refiere concretamente a mayores conocimientos de informática y de idiomas, dos herramientas fundamentales en el ámbito de la comunicación. Sin embargo acota: “Me parece que en el uso del lenguaje en el uso de la escritura y de la capacidad de expresión verbal, la preparación es inferior, porque hoy el estudiante –a lo largo de sus estudios previos- escucha más que ve, y ve más que lee. Hoy se lee poco, se ve bastante y se escucha mucho”.
Cierto es que a la radio, la televisión y la prensa –los medios tradicionales de comunicación- se han sumado algunos soportes en los que la inteligencia opera de una manera distinta que un medio tradicional de información: “opera sobre la base del entretenimiento. Me parece que internet o los juegos en línea están cumpliendo un papel de educación de la mente muy concreto. No digo que sea buena o mala esa educación, porque educar se puede bien o mal educar, pero para el ámbito de la información no necesariamente es la mejor preparación”.
Sin embargo el mayor problema lo ubica en que las instituciones de educación superior deben “preparar a la gente para que sepa comunicar, y comunicar es la capacidad de expresarse, y uno se expresa por escrito o por palabra, o se expresa por imágenes. Pero el fluir de la comunicación me parece que hoy va en otra línea: por la línea de los contenidos”.
La razón por la cual los estudiantes llegan con esa diferencia a las aulas universitarias es el mercado. “El mercado de la comunicación hoy es en un 80% de entretenimiento y juego, el concepto de juego que va vinculado a la niñez, a la juventud y a las personas adultas. Juegan porque jugar es una manera de proporcionar alegría a la vida, un juego triste no es un juego. La distracción actualmente supone un empeño más de la inteligencia y sobre todo una mayor rapidez de las decisiones, y eso es lo peligroso: hoy vivimos en la educación con un tiempo acelerado”.
Aunque en el fondo se percibe que esto va más allá del juego como tal –ya sea real o virtual-, incluso del entretenimiento mismo, lo que hay que analizar ahora es “la batalla por la autonomía de la inteligencia, la cual es mucho más dura que hace años. Hoy la inteligencia de un estudiante, de un profesor o de cualquier persona está acosada por ofertas, por requerimientos de tiempo con una frecuencia que antes no había”.
Para Alfonso Nieto, “la vida de la inteligencia no es arar un campo, sino profundizar un pozo, esa es la vida de la inteligencia para que tenga autonomía, para que esté afincado y tenga buenos fundamentos, lo otro es superficie”. Además, es importante señalar que actualmente se está acelerando la inteligencia de los individuos, y pareciera que se hace más dependiente de lo que otros dicen, salvo en espacios muy pequeños en las que el mismo individuo se especializa, como lo es en el ámbito profesional.
La existencia de un videojuego de nombre Warcraft en el cual participan siete millones de personas en el mundo, si bien no a la vez, pero sí en el mismo juego, es una clara muestra de una concentración de tiempo que antes no existía. “Se está acelerando el tiempo porque la oferta de productos que demandan tiempo cada vez es mayor. La publicidad o los programas de televisión o los videojuegos buscan audiencia, y frente a eso hay una resistencia natural”.
El valor del tiempo
Pareciera por momentos que mientras más herramientas de comunicación existen más se deshumaniza la comunicación. Ante esto, el exrector argumenta que “si uno pierde autonomía, se deshumaniza la comunicación. Si yo sirvo a la tecnología y la tecnología no me sirve a mí… Para eso está la universidad, para que uno use el tiempo y no el tiempo lo use a uno. Está para que yo no tenga que cambiar de modelo cada vez que sale un modelo”.
Comparte una anécdota que viene al caso: “Luego de seis años cambié de teléfono celular porque me di cuenta de que entre él y la palm tenía que viajar con siete instrumentos: cargador, adaptador… Porque son de hace seis o siete años y hoy todo eso ya viene en un solo aparato y con un solo cable. Ofertas de teléfonos hay todos los días, y uno compra, pero ya hay uno nuevo. Ahí está la resistencia, la autonomía del pensamiento. Que yo intente dominar a la oferta que me hacen. Vivimos en una economía de oferta, y cada uno tiene que pensar que tiene que vivir en una economía de demanda: yo pido lo que necesito, no necesito lo que me dan. Lo publicistas muchas veces dicen voy a hacer que esta cabeza se convenza de que necesita esto. Y allí está la lucha, una lucha de la inteligencia”.
Cómo aprovechan el tiempo los jóvenes… “Para los que quieren por ejemplo el deporte, que es muy bueno, o las que se dedican a jugar, a la música, lo que resulta difícil es meter a la cabeza que el poder de los medios está en el poder de las personas que ofertan tiempo, que si yo no oferto tiempo para leer ese periódico no se lee, en cuanto a mí se refiere claro, entonces el valor del tiempo sólo se valora en medida de que uno no lo tiene para hacer algo que debe hacer, no para hacer algo que le guste que para eso siempre tiene tiempo”.
Con esto, bien se puede calificar el tiempo como un bien escaso, “lo más escaso que hay, ya por naturaleza el tiempo es un bien incierto, uno no sabe cuánto tiempo va a vivir, es un bien que siempre mira al pasado, y que desde el presente para el futuro tiene la maravilla de saber gozar cada segundo, pero claro, dejar pasar el tiempo es matarlo poco a poco, es dilapidarlo, malgastarlo, con el tiempo no hay que jugar al gasto, hay que jugar a la inversión. Y lo peor son aquellas personas que se quejan de que no tienen tiempo, y viven aceleradas, porque además de todo atropellan el tiempo ajeno”.
*Publicada en la revista “Nuestro Tiempo” de la Universidad de Navarra #629, noviembre 2006.
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@rvargaspasaye
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